Tiempos de bonanza , tiempos de recolección

Artículo de opinión de Almudena Semur, Coordinadora del Servicio de Estudios del IEE, en el diario El Economista, el 28 de julio de 2017

Desde finales de 2016 las previsiones de crecimiento económico no hacen más que revisarse al alza debido a la concatenación de varios factores. A saber: el crecimiento económico a escala global ha sido mayor del esperado tanto en los países emergentes como en los países en desarrollo. El riesgo  que generaban las políticas proteccionistas del presidente Trump se ha minimizado, y afortunadamente,  a medida que pasa el tiempo, la brecha entre su retórica y las políticas comerciales llevadas a cabo cada vez es mayor. Tampoco ha impactado como se esperaba la revisión al alza del precio del petróleo, las  distintas alternativas a esta fuente de energía existentes hoy en día han sido las causantes de ello. Por su supuesto que los riesgos internacionales seguirán estando ahí, dígase brexit, Trump o el resultado impredecible de las futuras elecciones italianas, pero, por el momento, no están lastrando la recuperación económica.

Centrándonos en España, hemos entrado en un círculo virtuoso que no frenará nuestra expansión económica a no ser que seamos nosotros mismos quienes la lastremos. Para 2017 nuestras previsiones estiman un crecimiento económico del 3,3%, así como del 2,7% para el 2018. El principal éxito de la economía española hay que buscarlo en el sector exterior, no en vano las exportaciones han aumentado mucho más de lo previsto gracias a la mejora de la competitividad derivada de la no suficientemente valorada Reforma Laboral.

Estamos creando empleo. Recuerde el lector que hemos sido capaces de rebajar la tasa de paro en 10 puntos porcentuales desde el año 2013. Y puestos a rizar el rizo, esta creación de empleo se ha producido también con un sector de la construcción dado por “muerto”. Por lo que, a poco que repunte el sector y alcance su punto de equilibrio, la creación de empleo se intensificará, ya que tanto la construcción como la actividad inmobiliaria generan más empleo por unidad de producto que el promedio de la economía. En concreto, estas dos ramas han pasado de destruir más de un 20% de los puestos del trabajo al año, al comienzo de la crisis, a crecer a ritmos superiores al 4% en el 2014. Todo ello sin contar con el importante efecto arrastre que genera en otros sectores de nuestra economía. De ahí que sea conveniente actuar con cautela y no dificultar el acceso a la vivienda en el futuro por determinados cambios regulatorios que se puedan producir derivados de la transposición de la Directiva Europea sobre la Ley Hipotecaria. Los países tienen cierto grado de libertad en esta actividad y en el nuestro se están planteando cambios de diversa índole. Nuestro modelo hipotecario ha permitido financiar uno de los mayores porcentajes de vivienda en propiedad en Europa. No en vano  el 79% de las familias españolas son propietarias de viviendas frente al 52% de las familias alemanas. Por ello, los cambios que se lleven a cabo deberán alcanzar un complicado equilibrio entre cómo proteger al consumidor, garantizar la seguridad jurídica y, además, facilitar el acceso a la vivienda a los futuros clientes.

Siguiendo con la recuperación de nuestra economía, cierto es que la gradual subida de tipos de interés puede influir negativamente en nuestro crecimiento, pero más cierto es que las reformas efectuadas nos fortalecen para afrontar dicha subida. Piense el lector que, al contrario de lo que venía sucediendo tradicionalmente en la economia española desde que comenzara la recuperación en el año 2014, el saldo de nuestra balanza por cuenta corriente muestra superávits  frente a periodos pasados en los que nuestro crecimiento económico estaba asociado, a deterioros, en nuestras cuentas en el exterior. Por ejemplo, en la anterior fase alcista (1995-2007) la acumulada pérdida de competitividad respecto a nuestros principales socios comerciales y una confianza en el futuro demasiado optimista hizo que España tuviera un saldo por cuenta corriente acusadamente deficitario.

Parte de nuestra recuperación también se  debe a la olvidada reconversión del sistema financiero, reforma  de la que algunos solo se acuerdan para exigir cuentas de lo que ha costado. Pues bien, gracias a esta reforma se ha abierto la oferta de financiación a las familias y a las empresas. Es más, por primera vez en muchos años, las pymes reconocen no tener problemas de financiación. Como también es bueno recordar la tan criticada Reforma Laboral que, sin lugar a dudas, ha sido la responsable de que las empresas hayan intensificado la creación de empleo.

Por último, la toma de control del déficit de las cuentas públicas es otra reforma a la que tampoco se le da la importancia que merece, y que ha sido decisiva para nuestra recuperación viniendo de donde veníamos con unos déficits públicos disparatados y sin control alguno.

En definitiva, por fin son muchas las voces que alaban, desde diferentes instancias, la profundidad de las reformas llevadas a cabo. Pero hay que seguir sin dejarnos acomodar por la bonanza económica que disfrutamos. Si mantenemos las políticas económicas emprendidas, podríamos llegar al 2020 con una tasa de paro de en torno al 10%, porcentaje mucho más llevadero para nuestra economía.