La fortaleza de la banca española

Artículo de opinión de Almudena Semur, Coordinadora del Servicio de Estudios del IEE, en el diario El Economista, el 17 de enero de 2015

Atrás queda la complejidad de los últimos años vividos en los que en un santiamén pasamos de un rescate inminente, a liderar el crecimiento europeo. Gracias a los ajustes y las reformas, las cosas se han ido poniendo en su sitio, y a no ser que un cataclismo geopolítico de gran magnitud nos flagele de nuevo, podemos decir que nuestro país crecerá este año 2015 un 2,5% sino más. Entre las innumerables reformas llevadas a cabo, el proceso de ajuste bancario ha conseguido que tengamos uno de los sistemas financieros más sólidos del mundo, algo que desde luego, no se podía decir en 2010. La superación por parte de nuestras entidades de los test de estrés llevados a cabo por la Autoridad Bancaria Europea, el pasado octubre, así como las nuevas exigencias de capital mínimo que tienen que cumplir las entidades, marcadas por el Banco Central Europeo, demuestra que la banca española tiene solvencia para contribuir a la recuperación de la economía española. Por tanto, desterrados quedan los problemas de solvencia, y de balance de nuestra banca, enfrentándose ahora al de la ganancia de rentabilidad.
El ajuste bancario, severísimo, por cierto, y concentrado en las antiguas cajas de ahorro, hizo que tanto la banca nacional como la internacional tuviera que hacer frente a importantes retos que tuvieron sus efectos directos en las cuentas de resultados, y en algunos casos, en el modelo de negocio. Las finanzas tuvieron que renovar su estructura y su modo de funcionamiento provocando que todas aquellas entidades, tanto nacionales como internacionales, con pies de barro, desaparecieran.
Sin embargo, durante el mismo periodo, hubo otra serie de entidades que sin ayudas públicas, con recta intención y total transparencia, consolidaron su fortaleza de balance. Evidentemente, serán estas entidades financieras, los actores indispensables que ayudaran a las economías a consolidar su crecimiento, ahora que la recuperación mundial está en marcha. “La Banca del siglo XXI”, tal y como recogía la obra editada por el IEE, no solo deberá cumplir con su función de intermediación entre ahorradores e inversores, así como proporcionar crédito a la economía, salvaguardar los ahorros y aportar un sistema de pagos seguro y eficiente, sino que todo ello lo deberá hacer de una forma rigurosa y responsable, con el objeto de contribuir al progreso económico y social de los países en los que desarrolla su actividad. Lo principal, como decía en su día el recientemente fallecido, Presidente del Banco de Santander “es hacer bien nuestro negocio, con ética y responsabilidad, generando valor tanto para el Banco como para sus profesionales, clientes, inversores y proveedores”. Esta filosofía se materializaría hace escasos días cuando su sucesora en el cargo cerraba en menos de cuatro horas una ampliación de capital 7.500 millones de euros, cubriendo en la primera hora el importe máximo fijado en la oferta. Todo un éxito sin precedentes. Se trataba de la mayor ampliación realizada en Europa y la octava del mundo dirigida a inversores institucionales mediante el procedimiento de colocación privada acelerada. Y es que una de las lecciones que nos ha enseñado la crisis es que hay que saber adaptarse rápidamente a los cambios, sobre todo si éste es positivo para la institución. Al fin y al cabo lo que es bueno para el banco, es bueno para los accionistas, lo que sin lugar a duda, refuerza a la institución, al permitirle no solo ganar cuota de mercado, sino acompañar al desarrollo del crecimiento en todas aquellas economías donde esté presente. Pocos bancos en el mundo habrían sido capaces de realizar este tipo de operación en tan breve espacio de tiempo.
La operación iba acompañada de una reformulación en la política de retribución al accionista más conservadora, lo que tiene su lógica debido a la finalización del ajuste bancario. La política del scrip dividend utilizada por muchas empresas como medio de retribución al accionista, además de ser buena y necesaria durante la crisis, así como de contar con unas ventajas fiscales que desaparecerán en el año 2017, era insostenible en el tiempo al tener que realizar la entidad ampliaciones de capital cada vez que quería remunerar a sus accionistas con el efecto dilución que conlleva. Se ha querido cortar de cuajo con esa política pasando al modelo tradicional o cobro del dividendo en efectivo en función del resultado de la compañía. ¿Quiere decir esto que los accionista van a cobrar menos dividendo por sus acciones? En absoluto, todo lo contrario. Mediante la nueva política, el Pay-out: o porcentaje del beneficio neto de la compañía destinado al pago de dividendo, será entre un 30% y un 40% del beneficio esperado para el año 2015 (2.500 millones), frente a los 1.000 millones de este año, que suponía un Pay –out del 20% Y todo ello haciéndose gradualmente. De hecho, este año los accionistas cobraran dos dividendos de 0,15 euros por acción, y dos más de los nuevos, de 0,5 euros por acción, lo que supone un total de 40 céntimos por acción, rondando la rentabilidad por dividendo a precio de hoy en torno del 7%.
En definitiva, la ampliación de capital y la introducción de una política de dividendos más conservadora, además de haber sido bien recibida por los analistas, agencias de calificación, etc, es positiva para el banco y por ende para sus accionistas, así como para el conjunto del sistema financiero español. Es necesario cumplir con esta máxima. Todos salen fortalecidos.