Los costes de la secesión de Cataluña

Artículo publicado por José Luis Feito, Presidente del IEE, el 14 de diciembre en El Mundo

 

La mayoría de los que apoyan la secesión de Cataluña creen que una Cataluña independiente sería más próspera que la actual. Según ellos, los beneficios fiscales que aportaría la separación superarían holgadamente los costes que generaría el nuevo Estado nacional. Algunos admiten que podría haber efectos nocivos a corto plazo resultantes de las consecuencias comerciales de la salida de la Unión Europea así como de posibles represalias o efectos frontera con España. Pero estos costes, así lo piensan quienes reclaman la independencia, serían en todo caso transitorios y rápidamente se verían compensados con creces por el potencial de crecimiento que supone liberar a Cataluña del grillete fiscal con el que España la asfixia económicamente.

Contra lo que sostienen los independentistas, estoy convencido de que los costes de la secesión para Cataluña serían descomunales, muy por encima de la mayoría de las estimaciones realizadas hasta la fecha.

Antes de analizar estos costes conviene señalar un hecho incontrovertible que pone de relieve el sinsentido de la visión de una Cataluña económicamente expoliada y asfixiada por el resto de España. Cataluña alcanzó en 2007 una renta per cápita que era un 120% de la media de la UE, superior a la de Alemania (que se situaba en el 116% de la media de la UE) y a la de Italia (un 105% de la media de la UE) en ese año. Esta situación es la consecuencia de que el crecimiento de la renta per cápita de Cataluña en los 30 años transcurridos entre 1978 y 2008 ha sido uno de los más rápidos del mundo, superior al registrado en dicho periodo por cualquier país de la OCDE. ¿Cómo es posible que una región expoliada cada uno de esos años, a razón de un 8% de su PIB anual según sostienen los secesionistas, haya crecido más intensamente que casi cualquier otro país del mundo, superando incluso la renta per cápita de países que en 1980 eran mucho más ricos que Cataluña?

Pasando al análisis de los costes, los estudios incluidos en este documento se centran en las consecuencias negativas sobre el nivel de renta de Cataluña que provocaría la desviación de comercio y de inversión extranjera que ocasionaría dicha secesión. Esta desviación estaría causada por los efectos frontera e inevitables represalias que se derivarían de la creación de un nuevo Estado dentro de España, así como por las negativas consecuencias sobre los flujos comerciales y de capitales por la salida de Cataluña de la UE. Las exportaciones catalanas se reducirían notablemente porque España y los demás países de la UE comprarían menos a Cataluña y porque parte de las multinacionales que exportan desde Cataluña abandonarían el nuevo país.

La independencia de Cataluña la dejaría fuera de la UE por un periodo indefinido pero en todo caso muy dilatado. Sería así incluso si la secesión de España fuera amistosa y consentida porque, casi con toda seguridad, Francia, Italia, Portugal y Alemania se opondrían a su ingreso en la UE. Los tres primeros lo harían para desalentar cualquier tentación independentista en alguna de sus regiones y Alemania porque a una Cataluña independiente y a una España sin Cataluña les sería mucho más difícil honrar sus compromisos de deuda exterior con sus acreedores, de los cuales Alemania es el más importante.

Atendiendo a estas consideraciones, estos estudios sitúan el coste de la secesión alrededor del 20% del PIB actual de Cataluña. A mi juicio, estos costes comerciales y de inversión extranjera, aunque muy importantes, no son los mayores que acarrearía la secesión. Más lo serían los costes que se derivarían de la salida de la Eurozona, y serían muy elevados tanto si Cataluña adopta una nueva moneda como si intenta seguir utilizando el euro.

Una vez consumada la secesión, Cataluña puede optar por emitir su propia moneda o adoptar el euro. Hasta los independentistas reconocen que la primera opción llevaría al desastre. El anuncio de la salida del euro y la adopción de una nueva moneda induciría fuertes salidas de capitales y consiguientemente una fuerte devaluación frente al euro y demás monedas de reserva. Considerando que Cataluña importaría la mayor parte de sus bienes y servicios de consumo, la devaluación provocaría un aumento intenso e inmediato del nivel de precios. No sería exagerado aventurar que la devaluación y el aumento inducido del IPC en el primer momento se situarían alrededor del 50%. La fuerte subida del IPC originaría demandas de subidas salariales, de pensiones y de las demás rentas para mantener su poder adquisitivo.

Por otra parte, el servicio de la deuda de las familias, empresas y administraciones públicas catalanas prácticamente se duplicaría en moneda local debido a la devaluación. La economía se instalaría en una dinámica de creciente inflación, presiones devaluatorias y salida de capitales que se realimentaría a sí misma. Lo habitual en esta situación de salidas de capital e intensa devaluación en conjunción con una elevada deuda exterior es la hiperinflación, ya que el Banco Central difícilmente resistiría las presiones salariales alcistas y, sobre todo, del Gobierno para financiar mediante inflación tanto los vencimientos de su deuda como el déficit presupuestario impulsado por la explosión del servicio de la deuda exterior. Esto significa que la devaluación no sólo no mejoraría la competitividad exterior sino que la deterioraría porque el diferencial de inflación entre Cataluña y el resto del mundo sería mayor que la devaluación nominal.

No es de extrañar, por tanto, que los secesionistas den por sentado que una Cataluña independiente seguiría utilizando el euro. Un país puede renunciar a emitir su propia moneda y utilizar como medio de pago una que pertenece a otro país. Muchos, en efecto, usan el dólar o el euro como moneda de curso legal pese a no pertenecer a ninguna de estas dos áreas monetarias. Y todos los países que usan la moneda de otros tienen en común tres características: su pequeño o irrelevante tamaño económico, una renta per cápita muy inferior a la media europea y buscan restaurar la credibilidad que perdieron o que nunca tuvieron con su propia moneda. La mayoría de ellos, además, usan también en mayor o menor grado su propia moneda.

¿Podría la Cataluña independiente seguir utilizando exclusivamente el euro? Sería muy difícil, si no imposible. Como Cataluña saldría de la UE y, por ende, de la Eurozona, los bancos catalanes pasarían a ser bancos extranjeros –españoles– ya que sería la única posibilidad de que siguieran dentro del eurosistema, y por ello seguirían teniendo acceso a las líneas de liquidez y redescuento del sistema europeo de bancos centrales y del BCE.

La deuda pública catalana, sin embargo, aunque estuviera denominada en euros, no podría ser descontada en el BCE, por lo que éstas y otras entidades españolas y del resto de la Eurozona, intentarían vender sus tenencias de dicha deuda y no comprarían nuevas emisiones. Por otra parte, el nuevo Estado no tendría acceso a los recursos de las facilidades europeas creadas para ayudar a los países de la Eurozona con problemas de liquidez –de una de estas facilidades proviene el crédito a España para recapitalizar el sistema financiero–.

Teniendo en cuenta: a) que el nuevo Estado catalán iniciaría su singladura con un déficit público considerable, por la pérdida de ingresos públicos provocada por la deslocalización de empresas financieras y no financieras y por la caída de rentas causada por la interrupción y desviación de flujos comerciales, y b) que buena parte de la demanda de deuda pública catalana está concentrada en el sector financiero español –los bancos catalanes serían españoles–, la financiación de dicho déficit y de los vencimientos de la deuda pública catalana que se fueran produciendo sería imposible. Estas dificultades de financiación del sector público y las dudas consiguientes sobre la capacidad de Cataluña de mantener el euro, multiplicarían la salida de capitales y acelerarían la caída del nivel de actividad económica, con lo que se complicaría aún más la gestión de las finanzas públicas. Al no contar con la financiación del sistema de bancos centrales europeos ni con el acceso a las facilidades financieras del Eurogrupo, el mantenimiento del euro obligaría a Cataluña a generar un descomunal superávit de su balanza de pagos por cuenta corriente.

En 2012, las dudas sobre la calidad de la deuda pública y privada española y sobre la permanencia de España en el euro han impulsado salidas masivas de capital, que rondarían el 20% del PIB en el conjunto del año. España ha podido financiar esas salidas de capitales y un déficit de la cuenta corriente de la balanza de pagos del orden del 2% del PIB, sin salir del euro, gracias a la acumulación de una posición deudora neta del sistema financiero español con el resto del eurosistema, posición igual a la suma de dicho déficit más las salidas de capitales. Fuera del eurosistema, si Cataluña quiere seguir usando el euro, deberá hacer frente a cualquier salida de capitales generando un superávit de la balanza de pagos por cuenta corriente de la misma magnitud. Esto exigiría caídas del nivel de renta varias veces superiores a las calculadas en los escenarios de secesión que se han construido ignorando los factores financieros. En realidad, la rápida e intensa pérdida de ingresos públicos del nuevo Estado y sus dificultades de financiación mediante emisiones de deuda llevarían antes o después a crear un Banco Central y una nueva moneda para financiar mediante el impuesto inflacionista la Cataluña independiente. Las consecuencias de intentar seguir con el euro serían, pues, finalmente tan catastróficas como las de la primera vía.

No faltarían lectores a quienes puedan parecer excesivas o indebidamente apocalípticas las consideraciones anteriores sobre el futuro económico de una Cataluña independiente. Tanto si son economistas como si no lo son, han de tener en cuenta que la independencia sometería al país a tres shocks económicos, siendo cualquiera de ellos por separado suficiente para tumbar cualquier economía por próspera que fuera. El primero, el shock provocado por la salida de un país con el que se han compartido instituciones y mercados durante cientos de años. El segundo, su salida del área económica y política de la UE. El tercero, consecuencia del anterior, su salida de la Eurozona.

Tienen razón los independentistas, sin embargo, cuando dicen que los costes serían transitorios. Todo lo es, empezando por la propia vida. Pero a las generaciones que los van a sufrir no se les debe hurtar la realidad económica que, muy probablemente, les va a tocar vivir si siguen el camino de la independencia. En suma, quienes buscan la secesión no saben lo que hacen porque no saben lo que deshacen.