Unión con diferencias

Artículo publicado por Joaquín Trigo, Director General del IEE, el 28 de octubre en La Vanguardia

 

En un mismo continente se encuentran países con grandes diferencias en cuanto a educación de la población, ingresos, cualificación… así como en la carga fiscal y la regulatoria, protección médica, atención a personas retiradas, etcétera. Ningún país consiguió de una vez su configuración ni se mantuvo en ella, pero, en cada momento, las distancias fueron relevantes. En algunos casos, la cercanía y la permeabilidad facilitaron el aprendizaje y la asunción de pautas vecinas, pero otros se aferraron a sus hábitos, incluso cuando era palmario que optaban por vías menos eficientes.

Algunos países nórdicos, Suecia, Finlandia, Dinamarca y Noruega comparten un elevado nivel de vida, rigor educativo y seriedad en su comportamiento personal y profesional que les hace fiables en las negociaciones económicas. En el mismo entorno, los demás países que proceden del área soviética se están acercando a sus vecinos y comparten con ellos parte del rigor luterano, la importancia del trabajo de calidad y el cumplimiento de los compromisos aceptados.

Esto no fue obstáculo para que Suecia optase por el Estado de bienestar entre los años 1970 y 1995. El resultado fue un aumento del Estado que, para dar sus prestaciones, exigía una recaudación fiscal elevada, con la que se financiaron ayudas generosas que facilitaron la aparición la dependencia masiva, se frenó la creación de empleos, se reguló intensamente contribuyendo a bajar la competitividad y se frenó el crecimiento de la población inmigrante. Cuando se volvió al formato anterior –el que ayudó a sobrellevar la posguerra– se liberalizaron los mercados, mejoró la producción se recuperó la competitividad y aumentó la renta per cápita.

LA UNIÓN EUROPEA

Desde su inicio, la creación de la Unión Europea agrupó a países con un enfoque común en cuanto a libertad, derechos humanos, apertura al exterior y otros valores, entre los que entraba aceptar normas comunes, facilitar el comercio interior, etcétera. En ese marco llegó la moneda común, para cuya creación los países cedían su soberanía sobre la emisión y asuntos añejos. A esa moneda, el euro, se le otorgó un predicamento muy superior al que habían alcanzado cada una de las monedas que se fundían en él y, adicionalmente, se esperaba que, dada su calidad, podría colocarse con tipos de interés muy bajos.

Así fue: los gobiernos y ciudadanos de varios países se endeudaron sin pensar en los resultados. Todo fue bien hasta la crisis de las hipotecas subprime que, con sus destellos, evidenció los excesos soberanos, empresariales y familiares con un pandemonio de deudas difíciles de pagar incluso en varios años. Los países que, cautelosamente, se quedaron al margen, no tienen problemas, excepto el Reino Unido, que también entró en la vía del dopaje financiero para estimular el crecimiento . Entre los afectados están los PIGS (acrónimo con el que se denomina a Portugal, Italia, Grecia y España), a los que la solidaridad de la Unión Europea insta a darles la ayuda pertinente. Pero hacer simplemente eso sería poco y además facilitaría a volver a las andadas en poco tiempo.

Para evitar la recidiva, deberán pasar por un purgatorio que les haga inmunes a la recaída. El fuego purificador, en forma del coste financiero de la deuda y el alargamiento lo que fuere preciso, podría ser lo que evitase la recaída. Así, al que se rescate se le exigirá prescindir de tales o cuales edificios, deberán reducir el número de empleados en las administraciones públicas, etcétera. Al país que sea renuente se le financiará con alto coste, de modo que podrán pagar los intereses pero no el principal de la deuda. Sus empresas no tendrán crédito y bajarán sus ventas y el número de empleados. Muchas familias reducirán su nivel de vida. Pero, al final, la mejora en la eficiencia permitirá exportar con margen, la actividad económica resurgirá y ese país recuperará su lozanía.

Pensar en términos de países es delicado. Es posible que una mayoría de la población y de sus representantes esté a favor de la ortodoxia económica, decida aplicarla con medidas adecuadas y escatimando costes. Sin embargo, el ruido de los gestores del derroche pasado, que no asumen sus resultados y responsabilidad, instan a continuar con gastos pagados con impuestos y más deuda, lo que debilitaría la credibilidad de un gobierno y el predicamento de un país. Entre la planificación que fracasó en los países en los que se hizo y el mercado libre que usa la iniciativa de todos, está la vía media, que fracasó en Suecia y España. Descanse en paz.