Demografía empresarial

Artículo publicado por Joaquín Trigo, Director General del IEE, el 9 de septiembre en La Vanguardia

 

La crisis se ha llevado por delante miles de empleos, las inversiones en equipamientos y en la ampliación de empresas, las ganancias de los inversores, los ahorros de las  familias, las expectativas de las personas y muchas empresas que desaparecen por falta de  demanda o de producto adecuado, por imposibilidad de obtener financiación, por falta de pago y una larga lista de circunstancias particulares y/o generales que, terminan por impedir la actividad de la empresa y la obligan a cesar en su actividad, a veces con el cierre de la empresa y otras recurriendo al Procedimiento Concursal (P. C.), que pretende conseguir la continuidad de la empresa tras un acuerdo con los acreedores.

 

La evolución de la crisis deja un rastro inequívoco a través del número de empresas concursadas. En el total español, en el año 2004 hubo 193 P. C., el año siguiente fueron 927, y paulatinamente aumentaron hasta 5910 en 2011 y en el primer semestre de 2012 se llegó a 2272. Simultáneamente se han creado otras empresas, especialmente en la forma de sociedades de responsabilidad limitada, que en el periodo 2000-2012 pasaron desde 602.374 a 1.123.574 mientras que, en el mismo período, según el DIRCE, las Sociedades anónimas bajaron de 131.079 a 102.532. Se han modificado las formas operativas, unas al alza y otras a la baja, pero buena parte de las que suspendieron pagos, debido a la escasez de crédito, no pudieron recuperarse. En cambio, en una década, las entidades integradas en el apartado de organismos autónomos y otros crecieron más de un 50%, pasando de 5.330 a 8.631, lo que ilustra acerca de las pautas de los distintos organismos públicos.

 

En la Seguridad Social se alcanzó la cifra más elevada de empresas inscritas en 2007 con un total de 1.405.938. En julio de 2012 la cifra se redujo en 196.073 empresas quedando en 1.209.865.

 

La explicación del proceso de pérdida de empresas tiene un componente externo en que se incluyen las exigencias de cumplimiento de las normativas en vigor, que están muy por encima de los países de nuestro entorno, junto a las cargas fiscales y parafiscales, también más exigentes que en la media europea y mundial, a pesar de lo cual muchas son capaces de sobrevivir y prosperar, gracias a que en su actividad cotidiana son capaces de hacer lo correcto y de evitar lo inapropiado y muchos otros errores habituales que, muchas veces, se evitan prescindiendo de la cautela exigible y de extremos como tener miedo y caer en la temeridad.

 

En los casos de pérdidas que cuestionan la continuidad, el fallo suele ser interno y está, p. ej. en no escuchar y en no incitar a los demás a que den sus opiniones y sugerencias, con lo que se pierden puntos de vista potencialmente relevantes. Otras veces el problema deriva de estar dominados por el miedo, que es tan malo como la temeridad, sólo que algo más barato. Por su parte, la ignorancia se puede superar, si bien eso requiere que se asuma –por sistema- que hay una ignorancia desconocida y por detectar. A veces esa ignorancia se comparte en grupo, lo que dificulta su detección, o se apoya el lo que “siempre se ha hecho así”. En otros casos se sustenta en el oportunismo, la adulación, el ego, la politiquería o la adhesión ciega a la jerarquía. Para evitarlo conviene estimular la aportación de opiniones y sugerencias y tomarlas en consideración por lo que valgan.

 

Decidir dejándose llevar por la simpatía o el don de la palabra de alguien, o practicar el seguidismo, es tan peligroso como descalificar en función de la envidia o la venganza, que son debilidades de las que no se suene tiene plena conciencia. Dejarse llevar por el cansancio o el aburrimiento lleva al desinterés, la falta de rigor y, en consecuencia, al error. Por otra parte, tratar de correr para ganar tiempo es recomendable, pero no a cualquier precio y menos al de reducir el rigor.

 

Decía Ortega que ideas son nuestras pero las creencias nos tienen a nosotros, simplemente porque nos parece lo obvio, lo que es incuestionable. Esto produce, en primer lugar ceguera y tras ella la obcecación. Por esta razón y por otras, es conveniente tratar de ponerse en el lugar de los demás, entender y sopesar sus posiciones y expectativas, con lo que se puede negociar mejor. Esto presupone que se abomina del simplismo y se anticipan las implicaciones de las decisiones que van a tomar. Tener estos enfoques no es un seguro a todo riesgo pero, si se añade el conocimiento de las personas del otro lado y se han hecho las preguntas pertinentes a las personas adecuadas, habrá errores de hecho pero no de procedimiento.