En defensa de la globalización y el librecambio

 

  • José Luis Feito, Presidente del IEE, ha defendido las bondades del librecambio y de la globalización.

  • Se recogen los peligros del proteccionismo en otros países.

  • La tecnología, el comercio internacional y la globalización son las fuerzas que hacen posible la civilización.

 

Madrid, 28 de febrero de 2017. El Instituto de Estudios Económicos ha presentado el informe titulado ‘En defensa de la globalización y el librecambio’ realizado por José Luis Feito, Presidente de dicha entidad. El documento de trabajo, que defiende las bondades del librecambio y de la globalización, señala que la profunda recesión económica ha inflamado las tensiones sociales en la mayoría de los países y ha alimentado movimientos populistas de izquierda y derecha cuyo denominador común es su hostilidad a las instituciones que facilitan el progreso económico. Por medio de este trabajo José Luis Feito quiere poner de manifiesto que por muy negativas que sean las consecuencias que se quieran atribuir a la globalización y al comercio internacional, las que acarrearía el proteccionismo serían aún mucho peores.

Estos movimientos contrarios al librecambio y a la globalización se pueden dividir en dos grandes grupos, los que se oponen radicalmente, y por principio, a la globalización y a la interdependencia económica de los países de este mundo, y los que consideran que el avance de este proceso ha sido excesivo y ha de replegarse o, cuando menos, contenerse. En cuanto a los primeros, el informe pone de relieve la inconsistencia flagrante entre las medidas que proponen y los fines que dicen querer conseguir, además de exponer de la manera más sencilla posible algunos de los principios elementales del comercio internacional.

El documento recoge que si el proteccionismo fuera una política beneficiosa para los trabajadores de un país lo sería también para los de otros países y, por tanto, debería ser aplicada por todos los demás. Pero si esta política fuera instrumentada por todos los países, entonces no sólo se reducirían nuestras importaciones y, por ende, sus exportaciones, sino también sus importaciones y consiguientemente nuestras exportaciones, ocasionando con ello pérdidas de trabajo en cualquier país mucho más cuantiosas que las que supuestamente se ganarían con las políticas proteccionistas. Es crucial entender las consecuencias extremadamente negativas que tendría el proteccionismo para todos, y especialmente para los grupos que más pretende proteger. No es el proteccionismo, sino la mejora de la educación, el aumento de la inversión empresarial y la adopción de avances tecnológicos los que consiguen aumentar los salarios reales de cualquier país y preservar su competitividad exterior.

El autor analiza también las ideas de los “falsos amigos” de la globalización y de la liberalización del comercio internacional, que son aquellos que proponen frenarla o replegarla para, según dicen, preservarla y civilizarla. Si bien sus análisis tienen mayor coherencia que los de los antiglobalizadores radicales, en última instancia son también deficientes lógicamente e incompatibles con la evidencia empírica siendo, por tanto, sus propuestas igualmente contraproducentes con los objetivos que persiguen. Estos “falsos amigos” de la globalización y de la libertad de comercio advierten de los riesgos de contestación social y de la llegada al poder de los enemigos abiertos de la globalización, del capitalismo y de la democracia, si no se altera el curso actual de los acontecimientos. Pero olvidan que un riesgo aún mayor, la autopista por la que los populismos de un signo u otro han alcanzado el poder en las sociedades desarrolladas, es la recesión y el estancamiento económico. Frenar el comercio internacional mediante políticas proteccionistas y persistir en la instrumentación de subidas de impuestos o del gasto público para evitar el primer riesgo terminaría materializando el segundo. La política adecuada frente a la globalización y el libre mercado, para reducir los costes transitorios del avance tecnológico y de la expansión del comercio, consiste en mejorar la educación general y la formación profesional a fin de asegurar que las cualidades laborales de los trabajadores se adapten lo mejor posible a la demanda de cualificaciones de la sociedad.

En la última parte del documento se examina el fenómeno de la creciente interdependencia económica entre los seres humanos desde una perspectiva histórica más amplia a fin de mostrar el papel decisivo que ha desempeñado el avance del comercio internacional en el desarrollo de la civilización. La evolución de la especie humana ha estado dominada por la tensión entre los instintos heredados biológicamente y codificados genéticamente durante muchos cientos de miles de años, y los latidos de la razón procedentes del legado cultural acumulado en los últimos 10 o 12 mil años. La genética determina el instinto de los humanos de aislarse frente a “los extranjeros”, de agredirlos, invadirlos y apropiarse de sus bienes matándolos o esclavizándolos, de dividir los bienes disponibles a partes iguales entre los miembros del grupo, de pensar que la riqueza está dada y su reparto dentro del grupo es un juego de suma cero. El crecimiento y la propagación del comercio internacional, apoyado en instituciones económicas, como el dinero y la propiedad privada, en leyes y normas de conducta que castigan la violación de los contratos y la apropiación de los bienes ajenos, no frena el instinto del ser humano de levantar la mano contra el miembro externo a la tribu, pero le inocula el pensamiento de que un extranjero pueda ser nuestro cliente o nuestro proveedor, con lo que se doblega el instinto y se afloja la mano.

El proteccionismo que hoy tienta a muchas sociedades avanzadas es una manifestación de los instintos que intentan prevalecer sobre la razón, es un intento anacrónico de volver a la tribu, al aislamiento frente al extranjero, a su demonización. Ante esto, se ha de recordar que ha sido la última oleada de liberalización comercial y globalización, desde los años setenta del pasado siglo hasta el comienzo de la “Gran Recesión”, la que ha conseguido que hoy mueran en el mundo menos personas de hambre que de exceso de comida, menos de natalidad infantil que de viejos, y que mueran menos personas por muertes violentas de cualquier tipo que por suicidios. En suma, la tecnología, el comercio internacional y la globalización, apoyados en las instituciones económicas que los sustentan, son las fuerzas que han hecho posible la civilización y, con ella, el tamaño y la calidad de vida actual de la población humana.

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