El peligroso proteccionismo

Artículo de opinión de Almudena Semur, Coordinadora del Servicio de Estudios del IEE, en el diario digital El Boletín, el 3 de febrero de 2017

Acaba de salir el dato adelantado del crecimiento económico para el 2016 en nuestro país, y la verdad es que nos trae buenas noticias al situarse en un 3,2% del PIB, porcentaje que duplica el crecimiento de la eurozona y que, a la vez, se sitúa muy por encima de las previsiones que se manejaban hace un año. Cierto es que nos han favorecido los denominados vientos de cola como los moderados precios del petróleo, los bajos tipos de interés y las rebajas impositivas, pero más cierto es que sin las reformas estructurales acometidas en los últimos años, no hubiéramos crecido con tanta fuerza.

La fortaleza de nuestro crecimiento ha venido por el lado de la demanda interna; basta comprobar las cifras del consumo y de inversión de bienes de equipo que han tirado con fuerza.  Se ha creado empleo aunque no el suficiente y de una calidad mejorable, y nuestra producción, en el 2017, es un 0,8% mayor respecto al 2008, en promedio anual.

A pesar de los buenos datos, la economía española sigue siendo vulnerable, tanto por nuestro alto nivel de endeudamiento, como por acontecimientos externos incontrolables que nos puedan afectar en el caso de que se materialicen las propuestas proteccionistas defendidas por Donald Trump, que, de llevarse a cabo, no solo serían nefastas para nuestro país, sino para el mundo entero. Veamos por qué.

Las propuestas realizadas por  Trump durante la campaña electoral, y en sus primeros días de mandato, apuntan a una ruptura de los acuerdos comerciales y a un establecimiento de barreras proteccionistas. También a una bajada de impuestos tanto personales como  medioambientales, y a la puesta en marcha de un ambicioso programa de obras publicas. Tras algunas dudas iniciales, los mercados reaccionaron con subidas bursátiles debido al impacto positivo que, a corto plazo, puede suponer la puesta en práctica de estas políticas. No obstante, a medio y a largo plazo, el cierre de fronteras en EE.UU. acarrearía represalias por parte de los países afectados y un descenso de los flujos comerciales con la consiguiente desaparición del impulso que ejerce el libre comercio sobre el crecimiento a largo plazo, a través del aumento de la eficiencia económica.

Veamos. Los trabajadores norteamericanos a los que pretenden beneficiar estas medidas van a verse perjudicados como consumidores por el aumento inmediato de los precios que resultan del establecimiento de barreras comerciales. Y lo que se pueda ganar por la recuperación de puestos de trabajo ante el retorno de las actividades industriales a suelo americano, será contrarrestado por la pérdida de muchos otros puestos de trabajo en sectores exportadores.

Este nacionalismo económico, tan en boga últimamente, me trae a la memoria  al profesor Juan Velarde cuando explicaba la teoría del famoso “caracol contractivo” del economista Kindleberger. Este economista, cuando  estudió las causas de la Gran Depresión de los años 30, observó que era diabólica la siguiente secuencia: “Protección arancelaria-reducción de mercado-caída de la producción –más protección arancelaria para amparar la producción que queda –más reducción de mercado-más caída de la producción. Esta secuencia la dibujaba en forma de caracol que iba contrayéndose cada vez más hasta que, finalmente, se producía la implosión en una gran depresión.”

En definitiva, todos perdemos con el proteccionismo; al principio puede dar una falsa seguridad, pero siempre lleva a aumentos de los precios, a la reducción de los salarios y a mayores dificultades para los más vulnerables. De acuerdo que el proceso de globalización ha traído perdedores que los podemos encontrar en aquellos trabajadores poco cualificados de los países ricos que no han podido adaptarse a la tecnología actual y que tristemente han perdido sus empleos por la entrada de productos de países con salarios más bajos. Pero la solución no es el proteccionismo sino que la respuesta se encuentra en que estos perdedores puedan beneficiarse de adecuadas políticas de formación y de educación con el fin de adaptarse a las exigencias de los nuevos empleos que marca la “Cuarta Revolución Industrial” en la que estamos inmersos.