La cuarta Revolución Industrial

Artículo de opinión de Almudena Semur, Coordinadora del Servicio de Estudios del IEE, en el diario El Economista, el 27 de diciembre de 2016

Quizá todavía no seamos conscientes del impacto de la Revolución Digital, pero solo su ritmo de crecimiento en la economía es siete veces superior, a la vez que representa más del 20% del PIB mundial, porcentaje que, sin lugar a dudas, irá en aumento. Esta disrupción tecnológica sin precedentes ha sido lo que nos ha motivado a reunir a un abanico de expertos, tanto del sector público como del privado y de la academia, para que, con sus conocimientos, nos ayuden a entender, a través de la lectura del libro La Revolución Digital, la repercusión de la digitalización no solo en la economía, sino también en nuestras vidas.

Y digo en nuestras vidas porque, potencialmente, esta Revolución es capaz de transformar casi todo lo relacionado con lo humano. Quién nos iba a decir hace escasos años, cuando todo parecía una nebulosa, que conceptos como “nube”, big data o Internet de las Cosas formarían parte de nuestra cotidianidad. Y es que las nuevas aplicaciones tecnológicas desempeñan un rol tan vital que los países que no se suban a esta ola tecnológica irremediablemente se quedaran atrás en un mundo tan incierto como el que nos ha tocado vivir.

Son múltiples los temas abordados en el libro, pero, a modo de apunte, me detendré en que nuestro país, por ejemplo, no anda a la zaga en cuanto a la inversión en las infraestructuras necesarias para el desarrollo digital. Todo lo contrario, estamos muy por encima de lo que se está invirtiendo en el ámbito comunitario. Lideramos el desarrollo en redes de nueva generación de fibra óptica y 4G a nivel europeo. Pero, desafortunadamente, todavía no ocupamos un puesto destacable en los índices de digitalización, situándonos por debajo de la media europea, al ocupar el puesto número 15 sobre 28, según la Comisión Europea (CE), en muchos parámetros clave como son la conectividad, el capital humano, el uso de internet, la integración de la tecnología digital y los servicios públicos digitales.

La respuesta a esta posición hay que buscarla en la escasa demanda que generamos. Y es que únicamente un 54% de los españoles posee competencias digitales básicas. La cuestión no es baladí, ya que, según el World Economic Forum (WEF), el aumento de un 10% en el índice de digitalización de un país, genera un incremento del 0,75% en el PIB per cápita y un descenso del 1,02% en la tasa de paro. Por lo que, sin un horizonte ambicioso en el que nos marquemos como objetivo situar a España en puestos mucho más avanzados, no será posible que exista crecimiento próspero y un futuro industrial.

Centrándonos en el mundo de la empresa, es básico que la digitalización se extienda no solo a la gran empresa sino también a nuestras pymes. Más del 92% de nuestras pymes tienen conexión a la red por banda ancha fija, y casi el 85% lo hace por banda ancha móvil. Sin embargo, tan solo el 28,7% de las microempresas, esto es, aquellas con menos de 10 trabajadores y que según el Directorio Central de Empresas (Dirce) constituyen el 90,3% del total de nuestro tejido empresarial, disponen de una web corporativa. La cifra queda a mucha distancia de referencias punteras como puede ser el caso de EEUU, Japón o Corea del Sur; si bien desde la UE se está trabajando en recortar la distancia, pero el éxito dependerá de la implementación de una batería de actuaciones que impulse, decididamente, a todos los sectores productivos y a las pymes en particular en la dirección adecuada.

Entre estas medidas no podrá faltar una mayor adaptación, flexibilización y simplificación de la regulación existente en un mundo que avanza a gran velocidad y en el que, curiosamente, a pesar del florecimiento de ideas y manifestaciones políticas claramente contrarias e incluso hostiles hacia el proceso de globalización tanto en EEUU como en la Vieja Europa, los flujos digitales y los flujos de datos y de información se encuentran en continua expansión. Por dar una cifra, según un análisis de McKinsey Global Intitute, mientras en el 2005 (previo a la crisis) se transmitían del orden de 4,7 terabits por segundo, en el 2014 se pasaba a 211,3, es decir, un porcentaje 45 veces superior.